Educar para la libertad

Nada se repite tanto en el discurso como esas dos palabras: libertad y educación, a las que generalmente se agrega otra: cambio. Sin embargo, en varias partes de nuestra América Latina de aquello que se presume en el discurso es de lo que se carece. Si no invirtiéramos tan poco en educación no necesitaríamos tratar mal a nuestros pueblos ante la oferta informativa amplia, variada, distinta, conflictiva, seria o irresponsable con una ley donde el Estado se constituya en la muleta donde se apoye un pueblo que al carecer de capacidad de discernir termina siendo “víctima de la manipulación irresponsable de los medios”.


Si la inversión en educación fuera más del 10% del PIB (que estamos lejos) nadie se atrevería a enseñar libertad a cambio de censura y de restricciones. No haría falta. La gente sabría quién miente o quién manipula y lo castigaría con su repudio de no leerlo, escucharlo o verlo en TV. La libertad se perfecciona en la educación que permite escoger incluso entre ofertas buenas y muy malas, porque básicamente no hay posibilidad de ser libre sin opciones, sin capacidad de escoger, sin que el propio Estado nos trate de minusválidos a los que solo alguien desde arriba puede ayudarlo a entender algo cuando en realidad con ello se le coarta su libertad.

Discutimos tanto de la ley que nos hemos olvidado de las personas que la cumplen o implementan. No vale tanta palabrería ni articulados cuando una sociedad madura conoce sus derechos y obligaciones. Incluso puede vivir sin constituciones como Inglaterra, dejando a sus jueces que sienten jurisprudencia con sus fallos.

Hemos insistido de manera equivocada a lo largo de nuestros 200 años de vida independiente en creer que con solo enunciar derechos y obligaciones, por arte de magia, se convertían en rectoras del buen hacer y el proceder correcto. No hay norma que se conozca ni se demande sin educación. Y es ahí donde el Estado debe centrar su lucha. Esa que redime y se redime. Esa que alumbrando permite a todos otear un mejor destino. Nadie requiere una ley para cobrarse una revancha tardía y tampoco construye desde ella el espacio de libertad que se nutre solo en el disenso, la discusión y la polémica. La libertad no puede definirse sino como un conjunto de valores sociales que permiten que el ciudadano conozca en el otro su verdadera dimensión humana.

Se equivocan quienes dicen representar el cambio y echan mano a normas restrictivas de la libertad porque en realidad saben que no la desean, pues ella les reclamará más educación, compromiso y responsabilidad. Debemos acabar con esta adolescencia de 200 años que nos hace caminar en círculos buscando por cualquier atajo detener la madurez que nuestros pueblos en realidad reclaman de sus gobiernos con urgencia.

[El estado no debería encargarse de la educación per se, éste debería apoyar a las personas que no pueden acceder a ella, pero de ninguna manera hacerla gratuita y estatal, ya que automáticamente cae presa de la corrupción y de mafias políticas. Podría establecerse algún tipo de bono que se entregaría a su beneficiario y éste podría usarlo en cualquier institución educativa privada, recordando que existen para todos los presupuestos].

Artículo de opinión publicado originalmente en
El Comercio, 13 de enero de 2010. Por Benjamín Fernández B.

Renuncia del Fiscal

Si el Ecuador estuviera cerca de ser civilizado, el Fiscal General habría pedido licencia tras la muerte de Natalia Emme, quien fue atropellada por un carro de la Fiscalía la semana pasada.

Un Fiscal General es, en teoría, la persona más recta de un país; como tal, debería cumplir como un fanático con todas las leyes y abstenerse de abusar de su poder.

En este caso, los hechos son que el vehículo culpable, que transportaba a la esposa del Fiscal, sin placas y con vidrios polarizados, transitaba por una vía exclusiva para buses articulados, y que mató a Natalia Emme de contado, lo que permite suponer que iba a exceso de velocidad.

Todos los días sufrimos los abusos de esos carros oficiales, con vidrios negros, sin placas, que parecen conducidos por delincuentes al margen de la ley. En este caso, sin embargo, el resultado de ese abuso fue la muerte de una inocente.

A lo anterior se suma la inusitada respuesta policial para proteger a los culpables y la elaboración de un parte que ignora las versiones de los testigos. Por si fuera poco, unas horas después, la Fiscalía envió a los medios un boletín de prensa que acusaba a la víctima por el suceso.

Y como si eso no fuera suficiente, los fiscales distritales demostraron anteayer las únicas virtudes que sirven en esta sociedad feudal y mafiosa (el espíritu de cuerpo y la lealtad con el patrón). Pagaron (¿con fondos públicos?) un remitido en el que culpan al “imprudente peatón”, descalifican a los testigos por extranjeros y se adelantan a declarar la inocencia de la esposa del Fiscal.

En esas manos estamos. Es increíble que el Fiscal no haya pedido de inmediato licencia para evitar el evidente conflicto ético que hay en este caso. Ahora ya es tarde y debería renunciar.

Y antes de que los políticos aprovechen el tema, deben ser los ciudadanos los que exijan que se acabe de una vez por todas con el abuso de poder de esos reyezuelos que, al llegar a un cargo público, creen que obtienen el derecho a la impunidad. Si lo consiguieran, eso sí que sería una verdadera revolución ciudadana.

Artículo de opinión publicado originalmente en
La Hora, 21 de enero de 2010. Por Simón Espinosa Jalil.

El gobierno de la propaganda

Al Ecuador entero le consta que, desde el inicio mismo del Gobierno de Rafael Correa, los publicistas de Carondelet apuntalaron su popularidad en la propaganda y la promoción; lo que no se conocía, con exactitud, eran las cifras destinadas a este rubro.


Un amplio informe de El Comercio, el domingo pasado, da cuenta de que la llamada revolución ciudadana ha gastado alrededor de $40 millones en propaganda y promoción.

Por este motivo, el Gobierno ocupa el primer lugar de los 15 mayores anunciantes, más que las megaempresas Porta y Movistar. El informe da cuenta de que, en solo en los últimos 11 meses, el Régimen pautó 712 horas de publicidad en TV.

Pero eso no es todo. Como también le consta al país entero, Rafael Correa mantiene cadenas de televisión (concretamente monólogos) todas los sábados, los mismos que son trasmitidos no solo por el canal estatal, sino por GamaTV, canal incautado, pero que el Gobierno ha tomado como si fuese del oficialismo, así como una amplia red de emisoras a lo largo y ancho del territorio nacional.

Pero el Gobierno ha impuesto igualmente cadenas nacionales en 2009, las mismas que se han difundido, por lo menos, dos días por semana.

El experto en comunicación Mauricio Rodas. señala que "el Ecuador es el país con el mayor número de cadenas en Latinoamérica, incluso, ha superado a la Venezuela de Chávez, quien había escandalizado al mundo con su presencia y abuso mediáticó".

Según Rodas, en la Argentina, la presidenta Kirchner no tuvo más de 10 cadenas en el año, y ninguna fue de más de siete minutos. En México, el presidente Calderón hizo seis cadenas en 2009. Chávez tuvo 195 y Rafael Correa, 230 cadenas.

A este escenario ya enrarecido por los abusos del poder, llama la atención que la Asamblea que tramita una ley de comunicación no se haya ocupado de normar el uso de los espacio en los medios de comunicación para la propaganda y la publicidad oficiales. Para los asambleístas, en especial para la mayoría, Correa parece intocable, a pesar de que la libertad de expresión esté quedando en sus manos solamente.

Ante este enorme gasto, la Contraloría y los organismos de control no han dicho nada, por más que se estén usando los dineros del Estado, es decir, de todos, para estas cadenas promocionales del Gobierno y del presidente.

El Gobierno, que dice que rinde cuentas los sábados, no ha mencionado nada de los costos de la producción del material para la TV, ni para la radio ni, peor, de la movilización y toda la parafernalia para los encales nacionales de los sábados. Eso es, a todas luces, abuso de poder.

Artículo de análisis publicado originalmente en el
diario Hoy, 06 de enero de 2010.

Chávez y su socialismo destructor

El presidente de Venezuela es un Rey Midas, pero al revés. Así como el mitológico Rey de Frigia convertía todo lo que tocaba en oro, Hugo Chávez destruye a todo lo que le pone la mano.

El poder destructor de Chávez se caracteriza por cuatro males:
  • Su afán de imponer un sistema político-económico que históricamente siempre ha arrastrado a los pueblos al fracaso y a la miseria.
  • Su insistencia de privilegiar lo político sobre la experiencia y la técnica en su tren gerencial. Sus casi once años en el poder son testigos de falta de profesionalismo y pésima habilidad tanto gerencial como administrativa de todos los segundones de Chávez.
  • Falta total de mantenimiento en las obras, servicios y empresas estatales.
  • Ninguna inversión en equipos ni en nuevas tecnologías.
Ya es legendario el cementerio de empresas estatales que han desaparecido en Venezuela, mientras decae la producción y la prestación de servicios de las que quedan.

La producción de la estatal siderúrgica del Orinoco cayó un 27% en los dos años que lleva bajo el control del Gobierno. Menos conocido, pero aún más grave, es la crítica situación de las cuatro empresas mejoradoras de petróleo crudo en la Faja Petrolífera del Orinoco, que hace casi dos años fueron forzadas a cambiar de tener la mayoría de sus acciones en manos de socios extranjeros a ser manejadas totalmente por PDVSA y donde los demás accionistas han sido convertidos en floreros decorativos. En menos de dos años, el socialismo, la mala administración, la falta de mantenimiento y de inversiones la llevaron a su triste y severo deterioro.

Reuters informó en días recientes que la Agencia Internacional de Energía reportó que la producción de la Faja cayó 4,1% en apenas un mes y alcanza 160 mil barriles diarios de petróleo por debajo de lo considerado normal. A los precios de hoy, eso significa una caída de 11 millones de dólares diarios.

Artículo de opinión publicado originalmente en
libertaddigital.com, 04 de enero de 2010. Por Robert Bottome y Norka Parra.

El Che, terrorista confeso

La revista Time, en su edición del 21 de diciembre de 1962, recogió la opinión de Ernesto Guevara (el Che) sobre el acuerdo donde los mandatarios Jruschov y Kennedy pusieron fin a la amenaza de guerra nuclear provocada por la instalación clandestina en Cuba de bases militares rusas, equipadas con armamento atómico. La fuente de aquella reseña sería una entrevista concedida por el comandante guerrillero a Sam Russel, corresponsal en La Habana del periódico socialista inglés London Daily Worker, publicada el 04 de diciembre de aquel año.

El inestimable valor histórico de aquella entrevista radica en que contiene las únicas declaraciones que diera el Che en los meses que duró la crisis de los misiles. La mencionada reseña de Time se titulaba Cuba: Castro's Warhawk, en una clara referencia al Che como el halcón de guerra de Fidel Castro. Sin embargo, al leer su contenido no queda duda de que el calificativo de terrorista es el que mejor le cuadra.

Dibujando un retrato de sí mismo, Guevara afirmaba lo siguiente: "If the missiles had remained, we would have used them against the very heart of the United States, including New York City'' ("Si los misiles hubiesen permanecido en Cuba, nosotros los habríamos usado contra el propio corazón de los Estados Unidos, incluyendo la ciudad de Nueva York'').

Sólo alguien con una mentalidad terrorista podría jactarse alegremente del deseo de ejecutar una acción que habría causado la muerte de millones de seres inocentes. Acción, que por lo demás, habría significado también la desaparición de millones de inocentes cubanos, pues la respuesta nuclear instantánea de EEUU contra la URSS implicaba fatalmente la destrucción de Cuba. Tanto desamor a su pueblo y a la humanidad hacen inexplicable cómo este hombre trasmuta en símbolo romántico de esperanza de los pueblos.

Los diferentes aspectos involucrados en la Operación Anadyr (nombre dado por los rusos a la instalación de las bases en Cuba) revelarían otra cara, también perversa, del Che Guevara y de Fidel Castro, que evidencia el absoluto irrespeto de uno y otro hacia la opinión del pueblo cubano y la hipocresía de ambos como defensores de la soberanía de Cuba.

Al subordinar a Cuba a los intereses geopolíticos del imperio ruso, había que obedecer las órdenes que emanaban del imperio. Una de éstas fue que la instalación de las bases militares se haría en secreto. Siguiendo esa línea, el 27 de agosto de 1962 el Che Guevara salía a escena a engañar a la opinión pública internacional. En Moscú declaró que la URSS construiría una gran acería en Cuba (según la agencia soviética TASS "una factoría de fundición de acero'').

De la falsa acería no se volvió a hablar más. En su lugar, el comandante Fidel Castro, para engañar al mundo y al propio pueblo cubano, inventó otra mentira: que los rusos construirían un gran puerto pesquero en Cuba. El engaño llegó a su máximo el 23 de octubre de 1962 con la respuesta de Castro, transmitida por radio y TV, al discurso pronunciado por el presidente Kennedy el día anterior. Ese día Castro desmintió la denuncia de Kennedy acerca de la instalación de misiles nucleares rusos en Cuba y "acusó al presidente norteamericano de mentir al acusar, a su vez, a Cuba de que dispone de armas atómicas''.

Como se puede comprobar en su Carta de despedida a Fidel, el Che mantendría inalterado el engaño al que siempre ha estado sometido el pueblo cubano sobre la crisis. En lugar de referirse a la "crisis de los misiles'', intencionalmente adopta la retórica rusa, la cual se refería a aquellos peligrosos acontecimientos como la "crisis del Caribe''. Esta frase le permitía obtener una doble ganancia: esconder la responsabilidad de la URSS en la crisis y presentar el conflicto como un enfrentamiento heroico entre el pequeño David (Cuba) y el gigante Goliat (EEUU).

Este terrorista confeso dejó muy mal parado al filósofo Jean-Paul Sartre, quien en 1960 lo consideró "el ser humano más completo de nuestra época". Con toda razón, Ralf Dahrendorf ha señalado al existencialista francés de haber sucumbido a la tentación totalitaria: "siempre que se dieron tales tentaciones, Sartre sucumbió a ellas" (La libertad a prueba. 2009. p. 186).

Artículo de opinión publicado originalmente en
El Nuevo Herald, 29 de diciembre de 2009. Por Baldomero Vásquez.
Related Posts with Thumbnails