Barra libre de falacias

En una sociedad con un mínimo de cultura política y democrática, los electores deben saber distinguir entre un argumento y una falacia. Esta última, según su acepción más común, es un razonamiento incorrecto que carece por completo de valor argumentativo; sin embargo, es emocionalmente muy efectivo para ganar discusiones.

En nuestro país, muchas discusiones no son más que verdaderos tiroteos de falacias. Éstas son mucho más populares de lo que sus aniñados nombres en latín podrían llegar a sugerir. Irónicamente, el presidente Rafael Correa, en su momento el inmaculado político nuevo, ha demostrado ser uno de los mayores adeptos a la falacia.

Puede que su proceder sea inconsciente, pero de todas formas sirve como ejemplo perfecto para ilustrar algunas pocas falacias de atinencia.

Por ejemplo, le encanta el argumento ad populum, que consiste en justificar algo alegando que es popular, o numeroso.

Así, elogia muchas de sus polémicas medidas alegando que en un montón de países se hace lo mismo o que la mayoría de la gente lo apoya.

En un plano similar, emplea el ad verecundiam, consistente en apelar a una supuesta autoridad; así, cita cada sábado a Piero, Blair o quien sea para argumentar que los periodistas son unas ratas, o al Che o a Eloy Alfaro para justificar su programa.

Su preferido, y en donde manifiesta su mejor talento, es el ad hominem: atacar a la persona en lugar de sus argumentos. Tilda de pelucón, corrupto y mediocre, y desentierra el pasado sucio de todo enemigo. También le encanta el lacrimoso ad misericordiam, querer dar lástima, que usa sobre todo para defender a mulas y delincuentes amnistiados, o a su propio grupo, hablando de lo bondadosos que son y lo mucho que han sufrido los de Alianza PAIS [o Circo País].

Ante todo le gusta el ad baculum; apelar a la fuerza. Ese argumento se sintetiza en la más famosa de todas las máximas correístas, “¡va porque va!”, y ha servido para apresurar muchas medidas.

Estos argumentos ganan votos; el problema es que vencer con ellos es construir sobre el más débil de los cimientos: la mentira.

Artículo de opinión publicado originalmente en
La Hora, 02 de diciembre de 2009. Por Daniel Márquez Soares.
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