Sangre en Honduras

Por Carlos Alberto Montaner

El embajador norteamericano en Honduras, Hugo Llorens, un diplomático extremadamente competente, intentó con toda seriedad que el Congreso no destituyera al presidente Manuel Zelaya. Cuando se le agotaron los argumentos y las presiones, hizo algo que lo enaltece ante lo que parecía inevitable: protegió en su residencia al hijo del gobernante para salvarlo de cualquier desenlace violento.

Afortunadamente, la expulsión de Zelaya de la presidencia y del país ocurrió de manera incruenta. No fue exactamente un golpe militar: el Ejército obedeció las órdenes de la Corte Suprema ante las continuas violaciones de la Ley de un gobernante empeñado en hacerse reelegir y en arrastrar al país al campo chavecista del “socialismo el siglo XXI”.

Esa situación, agitada por Hugo Chávez y por Daniel Ortega, que ya hablan de invasiones y de recurrir a la fuerza, puede desencadenar un baño de sangre en el país y destruiría la débil institucionalidad política trabajosamente lograda desde hace tres décadas, cuando terminó, felizmente, la época de las dictaduras militares.

Los hondureños, sin la menor duda, no quieren seguir el camino del caudillismo colectivista y antioccidental. ¿Qué hacer en estas circunstancias? Lo peor es recurrir a la fuerza contra la voluntad del propio pueblo. El gobierno del interino Roberto Micheletti ya está llamando a los reservistas y el Ejército se prepara para defender la soberanía nacional.

Se calienta el discurso nacionalista y empieza a forjarse entre los ciudadanos una mentalidad de “defensa de la patria” frente a los enemigos exteriores. La inmensa mayoría piensa que en el extranjero, hábilmente impulsados por los chavecistas, se está preparando una agresión, en la que inexplicablemente esta vez están implicados los norteamericanos del lado de los enemigos de la democracia y el respeto a la Ley. Si estalla el conflicto, uno de los países más pobres de América sufrirá la sangría que ya padecieron Guatemala, El Salvador y Nicaragua.

Sin embargo, hay una solución: adelantar las elecciones generales previstas para noviembre. Ya existen los candidatos, libremente elegidos en primarias abiertas, y ambos gozan de mucha popularidad.

¿Para qué precipitar irresponsablemente a esa sociedad en un torbellino de violencia? Una vez seleccionado el nuevo Gobierno, provisto de la legitimidad que genera un proceso democrático, los hondureños podrán dejar en el pasado este lamentable episodio. Eso es lo mejor para casi todas las partes en conflicto.

Mel Zelaya habría perdido la partida, pero los hondureños no pagarían con su sangre el precio de los errores y las violaciones de la Ley de un mal gobernante.

Artículo de opinión publicado originalmente en
El Comercio, 07 de julio de 2009.
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