Golpe a golpe

Por Daniel Márquez Soares

Para el cierre de esta nota, el Golpe de Estado de Honduras no ha llegado aún a su fin. Sin importar cómo las cosas terminen, lo sucedido ha sido un campanazo de alerta. En el espíritu del dicho “para cada loco hay uno más loco”, los socialistas del siglo XXI acaban de encontrar, por primera vez, la horma de su zapato. Querían, como en Venezuela y en Ecuador, pasar su plan doblando y torciendo la democracia hasta donde aguantara, pero se toparon con gente dispuesta, no solo a doblarla más, sino a despedazarla a tiros.


Honduras ha sido, tradicionalmente, uno de los países más autoritarios y subdesarrollados del continente. Su oligarquía y sus Fuerzas Armadas nunca le hicieron asco a la violencia o a la represión, al punto de que fueron capaces de pasar la Guerra Fría sin una guerra civil como las que desbarataron El Salvador, Guatemala o Nicaragua.

Una clase de ese tipo, con tan pocos escrúpulos, puede dar uno y mil golpes más.

No se rendirá porque su pueblo esté económicamente aislado (¿desde cuándo se han conmovido ante la pobreza?) y cuenta con un brazo armado muy experimentado.

No todo es mediático. El golpe de Honduras se dio sin alimentar primero a los periodistas con marchas, protestas y movilizaciones. Tampoco contó con una ofensiva diplomática de propaganda y presencia en medios internacionales. ¿Por qué? Porque los golpistas no parecen estar preocupados de la tele y parecen tenerles sin cuidado, al mejor estilo de los dueños de Haití o de Cuba, lo que digan de ellos o las repercusiones que todo tendrá para los hondureños de a pie.

La ALBA ha resultado ser un patético sindicato de presidentes bravucones y duchos que se cuidan la espalda entre ellos. Esa vergonzosa reunión de Managua solo ha servido para revivir, en una derecha centroamericana ya de por sí siempre demasiado paranoica, el miedo a una conspiración roja. Peor aún, para insuflarles orgullo y moral a todos aquellos a los que les parece indigno ser siervos de Chávez. Gane quien gane, el hecho ha servido al menos para poner en evidencia a algunos grupos que no son actores, sino tumores de la democracia.

Artículo de opinión publicado originalmente en el diario
La Hora, 01 de julio de 2009.
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