Por Simón Espinosa Jalil
El asunto de Fabricio Correa fue una decepción para muchos seguidores sinceros de la Revolución Ciudadana, quienes creían de corazón que por fin la corrupción estaba siendo desterrada.
Si ni siquiera con un hombre que parecía tan honesto, como el Presidente, se puede evitar la influencia de familiares en asuntos públicos, ¿entonces qué podemos esperar con los otros políticos que esperan para hacerse con el poder?
La respuesta, una vez más, es que la solución a nuestros problemas no depende de un providencial Gran Hombre, por más virtuoso que sea, porque las causas son más profundas y, por lo tanto, más difíciles de superar.
En el caso de la corrupción, una razón es cultural. Entre nosotros, el amor por la familia, por encima de todo lo demás, es una virtud social. Así, hay empresas familiares que andarían mucho mejor si los administradores fueran externos; los puestos hereditarios no son raros en el sector público; familias enteras ocupan cargos en instituciones públicas y privadas; y, en casi todos los últimos gobiernos, uno o más familiares de altos funcionarios han estado merodeando cerca del poder.
Al contrario, si un funcionario se porta mal con su familia, corre el riesgo de que su círculo cercano y la opinión pública lo consideren un desalmado. Por eso, quizás, un grave conflicto de conciencia pareció afectar al Presidente antes de tomar acciones en contra de su hermano, una decisión que, en otros países, habría sido obvia e inmediata.
Otra razón es la estructura de nuestra economía, que gira alrededor del dinero estatal. En este mismo momento, seguramente cientos de brillantes jóvenes están ocupando sus neuronas en hacerse “listos”, es decir, desarrollar las relaciones correctas y los procedimientos tortuosos para conseguir ventajas con el Estado.
Esas mismas neuronas podrían estar creando nuevos productos, servicios o tecnologías para beneficio de la población.
En el primer caso, la energía intelectual del país se concentra en desarrollar un comportamiento parasitario. En el segundo, se transforma en creatividad y productividad. Es un terrible desperdicio.
Artículo de opinión publicado originalmente en La Hora, 02 de julio de 2009.
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