
Por Juan Francisco Bolaños T.
Dejando de lado, por un momento, datos, cifras y estadísticas, quiero referirme a un par de comentarios que fueron dejados en este blog durante el fin de semana, los cuales, hacen referencia a la perversidad del capitalismo y su colapso. Los mismos pueden ser leídos en los artículos "Releyendo a Keynes" y "¿Culpa de los Power Rangers?".
Hasta ahora, no he encontrado a nadie que se haga llamar de "izquierda o socialista" que sea capaz de justificar su visión con argumentos sólidos y, por supuesto, cuyo objetivo de vida no sea comprarse un Mercedes Benz y un departamento en Miami, meta que muchos alcanzan siendo parásitos del Estado -léase burócratas- y haciéndose ricos de buena o mala manera a costa de los recursos de todos los ciudadanos. Estos individuos siempre recurren a dogmas, retórica, prejuicios, sueños, utopías, en fin, nada en concreto, pura palabrería... Me encantaría sentarme a conversar con alguien que defienda esta ideología con pasión -y obviamente con argumentos-, haciendo que mis neuronas se pongan a trabajar para defender mi punto de vista.
No conozco ni un solo país donde el socialismo haya sido exitoso, es decir, donde se haya reducido considerablemente la pobreza de sus habitantes gracias a la acción del omnipotente, omnipresente e ineficiente Estado. Siempre ha sido -y será- vital la presencia del capitalismo, el cual, suministra divisas -provenientes del comercio exterior, básicamente- a esas economías para que logren sobrevivir. Como ejemplos, algunos mencionarán a China o a Vietnam, pero estos países tienen regímenes socialistas muy capitalistas o viceversa. Simplemente, se han dado cuenta que la única forma de prosperar es abriéndose al mundo, en lugar de aislarse entre sus cuatro paredes, liberando su economía y atrayendo a la inversión extranjera; en resumen, han sido pragmáticos, han dejado de lado prejuicios, dogmas y utopías. Aunque la libertad de sus ciudadanos aún deja mucho que desear.
En contraste, conozco muchos países capitalistas en los que se ha logrado reducir significativamente la pobreza y, por lo tanto, el nivel de vida de la población ha mejorado significativamente. Desafortunadamente para nosotros -los tercermundistas-, estos países pertenecen -o están por pertenecer- al primer mundo, ya que sus ciudadanos, incluidos los gobernantes, son más responsables, respetuosos de la ley, mejor educados, poseen conciencia política -eligen bien a sus gobernantes y no se dejan engañar por demagogos-. Virtudes que los latinoamericanos estamos lejos de alcanzar. Cada quien merece lo que tiene, dicen por ahí.
En el caso ecuatoriano y en el de muchos países latinoamericanos, nunca ha existido el capitalismo como tal. Lo que realmente ha existido -y existe hoy más que nunca- es un capitalismo de Estado -muy lejano al neoliberalismo y a la economía de mercado- en su forma más radical, encabezado por grandes caudillos -de cualquier ideología- que se destacan por ser demagogos, populistas, despilfarradores y por su afán de poder desenfrenado. Bajo este esquema, únicamente se han beneficiado los gobernantes de turno y sus allegados, dejando de lado al grueso de la población, limitando sus libertades y su participación en la sociedad, a través de la creación de leyes ridículas que promueven el intervencionismo estatal y mafias que controlan las instituciones públicas.
Sé que este es un tema trillado y desgastado que deber ser tratado con mucho tino -al igual que la religión y el fútbol-, ya que existen una gran diversidad de criterios y puntos de vista. Lamentablemente, en los países tercermundistas prevalece esta discusión infértil, la cual, se basa principal -y resumidamente- en el dinero: los unos quieren que lo maneje el Estado y lo reparta justa y equitativamente entre toda la población; y, los otros quieren que sea manejado por los individuos -y las empresas- quienes se encarguen de generar riqueza a través de la creación de fuentes de empleo y que cada cual reciba un sueldo de acuerdo a sus capacidades. En otros lugares del planeta, esta discusión, ha sido superada y han logrado ponerse de acuerdo para alcanzar el progreso colectivo.
Volviendo a los comentarios dejados por lo lectores en los artículos mencionados al inicio, ¿acaso en los países de regímenes socialistas -o comunistas- no hay explotación, no hay injusticia, no hay pobreza? Parece que los que idealizan a Cuba, a Corea del Norte o a la ex URSS viven en otro planeta, ya que no han sido capaces de abrir suficientemente sus ojos -y sus mentes- para asimilar o aceptar la realidad en esos países, donde solo viven bien la clase gobernante y sus parásitos, el resto son miserables. De todas formas, gracias por sus comentarios, siempre serán bienvenidos, a pesar de que no estoy de acuerdo. De eso se trata la libertad.
Los ciudadanos y los políticos se han empeñado en asignar al Estado roles que no debería cumplir y problemas que no debería resolver. El Estado debe limitarse a garantizar a sus ciudadanos el respeto a la propiedad privada y, posiblemente, salud y educación de primer nivel, y justicia para todos. Roles que también pueden ser cumplidos por el sector privado; incluso de mejor manera que el sector público. El resto actividades y responsabilidades deberían ser asumidas por la empresa privada -personas naturales o jurídicas-. Es inconcebible que el Estado malgaste sus recursos en mantener y subsidiar a grandes monopolios públicos -empresas eléctricas, telefónicas, exportadoras de banano, farmacéuticas, mineras, medios de comunicación, petroleras, seguridad social, entre otras- que generan pérdidas millonarias causadas por la mala administración, por la corrupción y la falta de rendición de cuentas.
Sin duda alguna, ningún sistema político o económico es perfecto, todos tienen virtudes y vicios. Sin embargo, pienso que el éxito se mide en función de la libertad y riqueza que sus ciudadanos poseen. Mientras menos interviene el Estado en la vida de las personas, éstas son más prósperas y más felices.
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