Artículo de opinión publicado originalmente en el diario El Comercio, 21 de noviembre de 2008.
Por Gonzalo Ruiz Álvarez
José María Velasco Ibarra, cinco veces electo presidente del Ecuador y derrocado en cuatro ocasiones, decía: “Dadme un balcón y seré presidente”. Era la época de la retórica y la oratoria que cautivaba a las masas. Era tiempo del discurso y la proclama redentora. De las artes del manejo de las masas desde la tarima se valieron siempre y con distinto tono los políticos ecuatorianos populistas y de los otros.
Hace un par de décadas un reconocido caricaturista dibujó al Mandatario de turno con una banda presidencial con el lema: “Mi poder en la televisión”. De la gracia de la caricatura de entonces a la sobredosis de televisión y radio de hoy, la política ha echado mano de los medios de comunicación, los ha usado cuanto ha querido con la publicidad electoral millonaria y las cadenas oficiales y, para colmo, hace de su actividad blanco de las críticas más duras cuando se cansa de atosigar a distintos actores del establecimiento convencional: los partidos políticos, la banca, las élites.
Ante el regocijo de la plaza pública de cuanto pueblo y localidad visita el Mandatario hace de los ataques a los medios motivo de su propio deleite: que son mediocres, corruptos o gorditas horrorosas, que sirven a intereses cupulares y que no son interlocutores para estar a la altura de los vastos conocimientos y olfato político de quien por hoy ejerce un superpoder concentrado y construye un modelo hiperestatista de partido único y casi sin espacio a la disidencia.
Lo curioso de todo esto es que los medios son aquellos que en el libre juego del debate público han denunciado los actos de corrupción del pasado, han criticado las mañas que se escondían en las entrañas del viejo poder y han sometido a escrutinio público a los actores de la vida nacional. Han cuestionado su mediocridad y su poco interés por una democracia real donde la vocación de servicio a la mayoría sea virtud y no discurso, sea razón de ser y no catapulta arribista.
Curioso es también que la figura del actual Presidente y su enorme e innegable popularidad nacieron y crecieron en los espacios de la radio y la tele que poco a poco dieron cabida a sus ideas en el debate nacional, como corresponde al ejercicio responsable y plural del periodismo. Y allí estuvo en aquellos medios que luego, en el ejercicio del poder, descalifica y hasta insulta.
Curioso es, así mismo, que la hábil utilización de las cadenas televisivas, largas alocuciones semanales, sean el instrumento de un estilo de poder clientelar y populista, desde la tarima, el discurso o la pantalla, mientras un escándalo tapa a otro para intentar olvidar con el tema de la deuda, las prohibiciones de Conartel y la captura de más medios a su haber -y ya son 10 en manos del Estado-, la ausencia de seguridad atribuida a la percepción, los reclamos indios por la ley minera, la insolvencia del aparato político para salir de la crisis institucional y la decapitación de Trajano como escarmiento para quienes osen disentir.
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