Artículo de opinión publicado originalmente en el diario El Comercio, 25 de noviembre de 2008.
Por Carlos Alberto Montaner
El presidente Hugo Chávez amenaza a sus oponentes con meterlos en la cárcel si se atreven a ganar las elecciones. No lo dudo. Dice que sacará los tanques. Tampoco lo dudo. Está dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de mantenerse en el poder. Si lo pierde, puede acabar ante los tribunales. Ha violado medio Código Penal en un abanico de delitos que comienza con la malversación y acaba con el asesinato selectivo de varios opositores. Y no lo digo yo: lo afirma el ex coronel Francisco Arias Cárdenas, su actual viceministro de Asuntos Exteriores, como puede comprobar cualquiera que se asome a YouTube.
La coartada para justificar la violencia contra los demócratas de la oposición es la revolución. Los chavecistas creen que, si pierden ciertas zonas del poder, “el proceso” se ralentizará y les tomará más tiempo llegar al “socialismo del siglo XXI”, un engendro tan nefasto como el de la previa centuria, pero más burdo.
Según las mejores encuestas, deberían perder entre seis y ocho estados -los más importantes del país, la capital incluida-, pero es probable que entre el fraude masivo y la intimidación solo admitan dos o tres derrotas menores. Tras haber fracasado en el referéndum de diciembre del 2007, Hugo Chávez llegó a la conclusión de que las elecciones solo se justifican si se ganan. De lo contrario, no tienen sentido.
Para los chavecistas, y para esa frenética familia -por ahora Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia, dado que El Salvador todavía está en remojo- las elecciones son solo un método para hacer la revolución y no una manera pacífica y racional de medir las preferencias de la sociedad con el objeto de entregarle el gobierno al ganador. En ese mundillo bananero de rompe y rasga, la Ley y las instituciones no sirven para nada.
En Nicaragua, tras el inmenso fraude electoral que acaba de protagonizar Daniel Ortega, las turbas sandinistas golpean a los manifestantes que se quejan, les disparan balas y morterazos, los aterrorizan de mil formas distintas y se preparan para encarcelar a Eduardo Montealegre, el gran triunfador en los comicios de Managua.
En el Ecuador de Rafael Correa, en su momento, las turbas de sus partidarios rodearon el Parlamento y la Corte Suprema hasta poner en fuga a los funcionarios incómodos. En Bolivia, los masistas de Evo Morales les propinan chicotazos a los opositores, mientras el Presidente cocalero les dice a sus ministros que él se ocupa de hacer las trampas y a ellos, que son abogados, les toca justificar legalmente sus actos, “pues para eso han estudiado”.
Estamos en plena ‘turbocracia’. Es el gobierno de la canalla armada con garrotes. Este matonismo callejero en el siglo XX lo inventó Adolfo Hitler con sus camisas pardas y desde entonces les ha dado un magnífico resultado a todos los gobernantes autoritarios e inescrupulosos.
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